El pueblo encantado

Una familia estaba muy cansada de no ver árboles, pájaros y plantas en la ciudad dónde vivían.
Deseaban ver, robles, cipreses, castaños, abedules, sauces, sauces llorones. Los vecinos decían que eran unos inconformistas, que se quejaban de todo.
Un día la esposa propuso al esposo y a sus cuatro hijos realizar un sueño que tubo.
El sueño consistía de Madre a madre ir a un lugar dónde la Madre Naturaleza era la Reina, pero tenía muchos regalos para darles.
– Yo no quiero regalos. – Dijo el esposo y prosiguió con sus deseos. – Deseo ver el campo, las estrellas por completo, escuchar el canto de los pájaros dándome los buenos días, escuchar los grillos por la noche en verano. Solo eso.
– Nosotros también. – Dijo el hijo mayor.
– ¡Nos vamos! – Dijo la madre. – He comprado un pueblo abandonado. Su nombre es “El canto”.
Prepararon todo lo poco que tenían y sin mirar para atrás se marcharon de la ciudad dirección al pueblo.
Cuando llegaron, vieron que las casas estaban derrumbadas y que tendrían que trabajar mucho para dejar el pueblo habitable.
Eso no los desilusionó, pues eran muchas más cosas las que le agradaban que las que los disgustaba.
Pasaron los meses de duro trabajo y terminaron la casa, los walipini y la piscina.
Cuando terminaron todo, dieron las gracias a la Madre Naturaleza por haberles dejado vivir en esa parte de la Tierra, por dejarlos terminar antes del crudo invierno y por darles de comer todos los días.
Un día, la familia quería comer pescado del río y sabían que tenían muchos en la piscina.
– ¡Pidamos permiso a la Madre Naturaleza! Si ella quiere nos proporcionará los pescados y comeremos hoy carne sabrosa y nutritiva de pescado. – Dijo el padre realizando una reverencia al agua donde los peces saltaban, jugaban y vivían felices.
Todos pusieron su red en el agua, pero no todos tuvieron el pescado que querían comer.
Los dos pequeños; la niña y el niño, tenían la red bacía y una gran sonrisa en el rostro.
– ¿Qué ha sucedió hijos míos? – Preguntó el padre.
– ¡No queremos matar seres vivos, hijos de la Madre Naturaleza! Los consideramos nuestros hermanos. – Respondieron los dos pequeños.
– ¿Quién soy yo para no respetar vuestra decisión de respeto? – Dijo el padre orgulloso de sus pequeños. – Si la Madre Naturaleza también respeta vuestra decisión.
El calor del verano era sofocante y decidieron nadar un rato en la piscina junto con los peces.
El padre fue el primero en lanzarse por el tobogán los más de 3 metros de altura que tenía.
Se zambulló y notó que alguien lo estaba sujetando. Miró por todas las partes y no podía ver a nadie sujetando los pies, pero escuchó una voz que le decía: “Respira tranquilo, porque este es uno de mis regalos”.
A los pocos minutos salió a la superficie e invitó a todos al agua, sin decir lo que le había pasado.
Todos menos el mayor de los pequeños.
Dos truchas juguetonas, se pusieron delante de él y salpicaron su rostro para animar a su baño.
Todos comenzaron a reír y el niño, corrió hacia arriba para lanzarse por el tobogán. Cuando llegó, las dos truchas juguetonas lo estaban esperando para lanzarse con él.
Toda la tarde estuvieron hablando con las truchas, los salmones, los barbos y las anguilas.
– ¡Sois los mejores humanos que conocemos! – Dijo el barbo más viejo.
– ¡Cuidado amigo! No todos los humanos son como nosotros. – Dijo el mayor de los hijos.
– ¡Pequeños! Cuando necesiten comer carne nuestra, no se apenen, pues nosotros estamos deseando de estar con ustedes, formar parte de ustedes. Somos energía y nos fusionamos con su energía, de esa forma aprendemos lo que ustedes aprenden.
No comprendieron muy bien lo que le dijeron los peces. ¿Cómo se alegraban de ser matados?
En realidad, no lo consideraban asesinar, pues ellos sabían que eran energía y se tenían que transformar, sin ellos que los ayudaran de forma amorosa, sin egoísmo y sin malicia, la energía sería positiva y es el objetivo que tenían.
El padre todas las tardes se ponía a filosofar recostado en el tronco de un peral. Él decía que filosofaba, pero en realidad hablaba con la Madre Naturaleza y escuchaba lo que ella tenía que decirle.
A la Madre Naturaleza, le gustaba filosofar con el hombre, pues le pedía con respeto permiso para todo lo que hacía y cuando terminaba le daba las gracias con el mismo respeto. Escuchaba con atención todo lo que le comunicaba y aprendía muy rápido.
Un día le dijo: “Tienes que guardar, secar al Sol las semillas de la última recolecta, pues esas semillas tienen la información de toda la siembra y de todo lo que has realizado en todo el año”.
Así lo hizo el hombre en cada una de las recolectas. Tomates, calabacines, pepinos, cebollas, sandias, melones, cerezas, manzanas, melocotones, patatas, batatas, boniatos; todo lo que era entregado por la Madre Naturaleza, era secado y guardado hasta la próxima siembra.
Plantaba las semillas en los semilleros, con tanto amor y cuidado, que le daba miedo estropear alguna de aquellas semillas llenas de tanta información. Las cuidaba como si fueran parte de su vivencia y en realidad era eso lo que contenían cada una de ellas.
El día que tenía que trasplantar los brotes, calló de rodillas y besó la Tierra.
Las tomateras, tenían ocho tallos todos en un solo trozo de raíz.
Les pidió permiso para ponerlas en el lugar dónde crecerían felices, fuertes, sanos y sabrosos tomates.
Ocho tomates daba cada tomatera y tenía muchos más tomates de los que podían consumir.
La Madre Naturaleza le dijo que fuera al pueblo más cercano y los regalara a la gente que viera que eran buenos.
Así lo hizo. Cargó el camión con todos los tomates que le sobraban y se dirigió al pueblo.
Miró el lugar más alejado de las verdulerías y se puso a regalar los tomates.
– Lleve estos tomates, señora. Son regalo de la Madre Naturaleza. – Le decía todas las mujeres que pasaban por su lado.
– Tienen muy buena pinta y cuando lo huelo, me trae recuerdos de mi infancia con mis padres recolectando tomates de su huerta.
– A mí me recuerda al aroma de mi madre embotando tomates. – Respondió una señora.
– A mí me recuerda mucho a las ensaladas que me hacía mi madre. – Respondió otra señora mientras los guardaba en la bolsa.
– ¡Señoras! – Les dijo el hombre. – No se olviden de dar gracias a la Madre Naturaleza por este regalo y cuando lo tengan que cortar o cocinar, pidan permiso antes de hacerlo.
– ¿Por qué tenemos que hacer eso tan estúpido? – Preguntó una que miraba los tomates con mala cara por ser gratis.
– ¡Señora! – Respondió el hombre. – Hemos perdido la costumbre de nuestros ancestros de pedir permiso y dar las gracias a la Madre Naturaleza. Tenemos que retomar otra vez aquellas costumbres ancestrales y sabias.
– ¡Menuda estupidez! – La señora se marchó dirección a la verdulería.
Pasaron unos minutos y se acercó un señor que dijo que era el verdulero.
– Usted no puede estar aquí haciéndome la competencia. Ya se puede ir o tendré que denunciarlo a las autoridades.
– ¿Qué mal estoy haciendo si no estoy vendiendo nada? ¿Tal vez reglar es un delito?
– Por su culpa me estoy quedando sin clientela. Voy a llamar al agente de la autoridad para que lo eche de este pueblo.
Dicho y hecho. Al rato, estaba un agente de la autoridad intentando indagar que es lo que sucedía.
– A los buenos días. – Saludó el agente. – ¿Qué me dicen que está haciendo usted aquí?
– Estoy regalando tomates que me sobran. Son regalo de la Madre Naturaleza.
– ¿Puedo probar uno? – Preguntó el agente.
– Si gusta.
– ¡Está mucho mejor que los que vende el verdulero!
– Pues si le pide permiso y le da las gracias notará que su sabor es mucho mejor. ¿Quiere probar lo que digo?
– ¡Es cierto! Sabe mucho mejor este otro tomate y me encanta comerlos de esta forma, sin sal y sin aceite, al natural es como mejor saben las cosas.
– Seguro que tienen mucho saborizante ilegal. – Dijo el verdulero.- Vas a tener que llevar uno a que lo analice el boticario.
– Con mucho gusto caballero le entrego uno para que lo analicen. – Respondió a la invitación el hombre.
– ¡Pues no se hable más y llevemos este para que el boticario nos diga que tiene este tomate que está tan bueno!
La botica estaba a unas calles del lugar.
Explicaron al boticario lo que querían y gustoso lo realizó, pues a simple vista se veía un tomate mucho más saludable que los que les vendía el verdulero, cosechados vaya a saber en qué época y en qué lugar.
Los tres dejaron la botica para cada uno ir a sus asuntos y quedaron para el día siguiente a saber los resultados obtenidos.
Al día siguiente, no solo tenía tomates en abundancia, sino tenía legumbres, verduras, fruta, hortalizas y tubérculos. Todo el camión lleno hasta sobresalir el límite como dos filas de cajas por arriba.
El verdulero se adelantó para hablar con el boticario.
– ¡Buenos dé Dios! – Saludó de forma graciosa el verdulero.
– ¿Qué nos trae el verdulero tan temprano y falto de costumbre?
– ¿Ya has pensado qué vas a hacer si este hombre con sus productos hace que no enferme la gente del pueblo?
– ¡Pues lo he pensado esta noche!
– ¿Vas a decir que tiene saborizantes y que son malos?
– ¿Por qué tengo que mentir? Lo que voy a hacer es sembrar plantas medicinales para curar a la gente tal y como quiere la Madre Naturaleza.
– ¡Os ha vuelto locos a todos este hombre! ¡Os va a arruinar! ¡No me hagas caso y veras dónde vas!
En ese momento entraban el agente de la autoridad y el hombre.
– A los buenos días.
– ¡Permiso a los presentes! – Pidió permiso el hombre con mucho respeto a todos los presentes.
– ¡El permiso es dado y una fuerte bienvenida! Hombre.
– ¿Tiene ya el resultado? – Preguntó el agente de la autoridad.
– Es el tomate más natural que he visto y he comido nunca.
– ¡Mejor que los míos es imposible! – Refunfuñó el verdulero dirigiéndose a la puerta y cerrándola de un gran portazo.
– ¡Qué mal perder tienen algunos! – El agente hizo un comentario y los tres se echaron a reír por la reacción del verdulero.
– ¿Le importaría si un día de estos voy a su pueblo y me enseña el arte de la siembra natural y según lo que quiere la Madre Naturaleza? – Preguntó el boticario al hombre.
– Venga cuando le guste boticario. Con mucho gusto le enseño todo lo que me han enseñado de forma gratuita.
– ¡Pues no se hable más! Cada mochuelo a su nido que todo el pueblo está encantado. – Dijo tajante el agente de la autoridad.
– ¿No se quiere llevar algunas cosas agente?
– ¡Con mucho gusto! No puedo despreciar nada a la Madre Naturaleza y mucho menos permitir que se tiren los alimentos que nos regala.
Para el comienzo de la tarde, todo el pueblo tenía los productos que la Madre Naturaleza les estaba entregando y comenzó a sentir que le pedían permiso y le daban las gracias por todo lo que hacían y recibían a cambio.
Ellos estaban en un pueblo encantado y todos los habitantes del pueblo vecino también estaban encantados.
La Madre Naturaleza cuida de todos sus hijos, solo agradece lo que te regala cada día.
Este cuento es una donación para:
Patricia Magaña
Beatriz Viera Echevarria
Para que lo distribuyan entre los docentes de jardín de infancia.